A nuestras amigas las queremos vivas, pero cuando mueren, al menos nos queda su recuerdo. Y las palabras son una de las formas más humanas de evocar su memoria.

Y evocar a Lulú con palabras es la mejor manera de hacerle un homenaje. Lourdes amaba las palabras, escritas, habladas, dichas en voz alta, incluso aquellas que se expresaban por medio del lenguaje de señas mexicanas, que tuvo que dominar por una situación familiar.

Lulú Morán, la infatigable luchadora que terminó perdiendo la batalla contra el cáncer, no por falta de ímpetu o voluntad, sino porque así es la vida, o peor aún, porque así es la muerte.

Lulú fue y sigue siendo en nuestro recuerdo una mujer indomable, solidaria, de gran vitalidad: aún cuando su frágil cuerpo no siempre le respondía, y eso era lo más asombroso, su capacidad de resistencia no corporal, sino fincada en el espíritu, en el ánimo.

Aquella voz ligeramente grave, educada y melodiosa, también era su fuerte, como actriz de doblaje o locutora: Lulú quería hablarnos a todos, sordos, ciegos, mudos, simples mortales.

Lulú, la cuenta cuentos, de memoria prodigiosa que reinterpretaba en su cerebro los relatos que recreaba, más allá de la fidelidad literaria, con emoción, gran sentido del humor, tiempo y dominio escénico, donde los espectadores nos encontrábamos con la lectura, vista con sus ojos, proyectada con su expresión dramática.

Promotora de los libros en un país donde los lectores somos una especie en extinción, Lulú hizo de la lectura una forma de vida, no como predicadora en el desierto, sino convencida de que los pequeños gestos también transforman al mundo, pero sobre todo, nos transforman a nosotros mismos.

Hago memoria de aquella juventud que compartimos juntos: aquellos viajes a “Paraíso”, con Laura y Raúl, donde Quirino, el pescador sin manos que las había perdido al “pescar” con dinamita, nos agasajaba con pez lisa, frijol y tortillas, en una playa casi virgen.

De los días de campo, las subidas al monte o del nacimiento de su hija Andrea. Del día de su cumpleaños, que por coincidir con el de mi hermana Vero, nunca podía pasar de largo. De su feliz encuentro con Luis, que víctima también del cáncer, la dejó muy pronto, desamparada, pero con la certeza de haber sido amada y amar con pasión e intensidad.

La risueña Lulú, fumadora empedernida, que postrada en la cama con un pie cerca de la tumba, prendía su cigarro para seguir platicando o actualizando su estado en Face Book, donde fuimos testigos y copartícipes de sus peripecias médicas, aquellos relatos kafkianos, terribles, pero siempre cargados de buen humor, sobre su padecer y transitar por el sistema de salud de nuestra ciudad. Lulú Morán: amiga admirable y entrañable, tu memoria nos acompaña.