Este mes mi mamá cumple treinta años de muerta, para ser precisos, a la media noche del 5 de junio, cumpleaños de mi hermana Regina.

La hermosa Lorenza Beatriz, la pelirroja de sonrisa estruendosa y espontánea que vivió siempre con intensidad en uno o en otro lado del péndulo. En la energía desbordada y alegre de asombrosa vitalidad , o en la depresión amarga que por días la sumergía en la cama con un  terrible dolor de cabeza.

El dibujo a pastel que cuelga en el pasillo de cuando era adolescente y la fotografía que tengo en mi recámara cuando tenía veinte años, me la recuerdan todos los días. Ahora que han pasado tantos años la extraño más que nunca.

Mi mami. La vida le cobró la factura al morir de cáncer con un tumor en el cerebro. Una agonía de varios meses que la tuvo postrada en la cama, con dolores espantosos.

Esa forma en la que nadie quiere morir y que a ella le tocó padecer con la única ventaja de estar rodeada de los que la amábamos, esa multitud de familiares y amig@s que la acompañó hasta el último aliento.

Nació pelirroja, pero como sólo el 2 por ciento de la población mundial comparte ese extraordinario color de pelo, un día decidió que era demasiado llamativo y se lo pintó. Al final, el cáncer y las quimioterapias se llevarían incluso el recuerdo de aquella hermosa cabellera.

Loren, la incansable tejedora que sin dejar de platicar dominaba las agujas aún con los ojos cerrados, tejiendo interminables prendas sin la motivación de Penélope, solo por gusto.

Le encantaba hablar y tenía una capacidad de comunicación envidiable. Amaba las artes plásticas y por sus manos pasaron obras de los pintores más destacados. Las antigüedades fueron su pasión: una debilidad curiosa en este mundo adicto a lo moderno.

Aún así, en muchos sentidos fue una mujer moderna: abierta, sin prejuicios, audaz, liberal a su manera, con empatía por la gente.

Lorenza, en el nombre llevaba la penitencia: cuando el lado del péndulo la favorecía, era una mujer locuaz, parlanchina, de risa ligera y andar infatigable.

En el polo opuesto, la melancolía la postraba por días enteros, encerrada en su cuarto con las cortinas y las persianas cerradas. Cuando era niño, yo me asomaba por la rendija de la puerta para comprobar que seguía respirando.

Me amó demasiado. Y mi hermano nunca me perdonó por esta afortunada imprudencia. Ser el consentido de mamá tuvo sus encantos y privilegios, pero también su pesadumbre y agobio.

Aunque la vida se le acabó de manera temprana, al menos tuvo la dicha de poder disfrutar un par de años a sus nietos: Rodrigo y Ximena, un paliativo emocional en el penoso trance del cáncer. Ya no tuvo tiempo de conocer a Lore, la nieta que con su nombre, honraría su memoria.