Mes: junio 2019

Memorial de Lulú Morán

A nuestras amigas las queremos vivas, pero cuando mueren, al menos nos queda su recuerdo. Y las palabras son una de las formas más humanas de evocar su memoria.

Y evocar a Lulú con palabras es la mejor manera de hacerle un homenaje. Lourdes amaba las palabras, escritas, habladas, dichas en voz alta, incluso aquellas que se expresaban por medio del lenguaje de señas mexicanas, que tuvo que dominar por una situación familiar.

Lulú Morán, la infatigable luchadora que terminó perdiendo la batalla contra el cáncer, no por falta de ímpetu o voluntad, sino porque así es la vida, o peor aún, porque así es la muerte.

Lulú fue y sigue siendo en nuestro recuerdo una mujer indomable, solidaria, de gran vitalidad: aún cuando su frágil cuerpo no siempre le respondía, y eso era lo más asombroso, su capacidad de resistencia no corporal, sino fincada en el espíritu, en el ánimo.

Aquella voz ligeramente grave, educada y melodiosa, también era su fuerte, como actriz de doblaje o locutora: Lulú quería hablarnos a todos, sordos, ciegos, mudos, simples mortales.

Lulú, la cuenta cuentos, de memoria prodigiosa que reinterpretaba en su cerebro los relatos que recreaba, más allá de la fidelidad literaria, con emoción, gran sentido del humor, tiempo y dominio escénico, donde los espectadores nos encontrábamos con la lectura, vista con sus ojos, proyectada con su expresión dramática.

Promotora de los libros en un país donde los lectores somos una especie en extinción, Lulú hizo de la lectura una forma de vida, no como predicadora en el desierto, sino convencida de que los pequeños gestos también transforman al mundo, pero sobre todo, nos transforman a nosotros mismos.

Hago memoria de aquella juventud que compartimos juntos: aquellos viajes a “Paraíso”, con Laura y Raúl, donde Quirino, el pescador sin manos que las había perdido al “pescar” con dinamita, nos agasajaba con pez lisa, frijol y tortillas, en una playa casi virgen.

De los días de campo, las subidas al monte o del nacimiento de su hija Andrea. Del día de su cumpleaños, que por coincidir con el de mi hermana Vero, nunca podía pasar de largo. De su feliz encuentro con Luis, que víctima también del cáncer, la dejó muy pronto, desamparada, pero con la certeza de haber sido amada y amar con pasión e intensidad.

La risueña Lulú, fumadora empedernida, que postrada en la cama con un pie cerca de la tumba, prendía su cigarro para seguir platicando o actualizando su estado en Face Book, donde fuimos testigos y copartícipes de sus peripecias médicas, aquellos relatos kafkianos, terribles, pero siempre cargados de buen humor, sobre su padecer y transitar por el sistema de salud de nuestra ciudad. Lulú Morán: amiga admirable y entrañable, tu memoria nos acompaña.

 

In memoriam de mi madre

Este mes mi mamá cumple treinta años de muerta, para ser precisos, a la media noche del 5 de junio, cumpleaños de mi hermana Regina.

La hermosa Lorenza Beatriz, la pelirroja de sonrisa estruendosa y espontánea que vivió siempre con intensidad en uno o en otro lado del péndulo. En la energía desbordada y alegre de asombrosa vitalidad , o en la depresión amarga que por días la sumergía en la cama con un  terrible dolor de cabeza.

El dibujo a pastel que cuelga en el pasillo de cuando era adolescente y la fotografía que tengo en mi recámara cuando tenía veinte años, me la recuerdan todos los días. Ahora que han pasado tantos años la extraño más que nunca.

Mi mami. La vida le cobró la factura al morir de cáncer con un tumor en el cerebro. Una agonía de varios meses que la tuvo postrada en la cama, con dolores espantosos.

Esa forma en la que nadie quiere morir y que a ella le tocó padecer con la única ventaja de estar rodeada de los que la amábamos, esa multitud de familiares y amig@s que la acompañó hasta el último aliento.

Nació pelirroja, pero como sólo el 2 por ciento de la población mundial comparte ese extraordinario color de pelo, un día decidió que era demasiado llamativo y se lo pintó. Al final, el cáncer y las quimioterapias se llevarían incluso el recuerdo de aquella hermosa cabellera.

Loren, la incansable tejedora que sin dejar de platicar dominaba las agujas aún con los ojos cerrados, tejiendo interminables prendas sin la motivación de Penélope, solo por gusto.

Le encantaba hablar y tenía una capacidad de comunicación envidiable. Amaba las artes plásticas y por sus manos pasaron obras de los pintores más destacados. Las antigüedades fueron su pasión: una debilidad curiosa en este mundo adicto a lo moderno.

Aún así, en muchos sentidos fue una mujer moderna: abierta, sin prejuicios, audaz, liberal a su manera, con empatía por la gente.

Lorenza, en el nombre llevaba la penitencia: cuando el lado del péndulo la favorecía, era una mujer locuaz, parlanchina, de risa ligera y andar infatigable.

En el polo opuesto, la melancolía la postraba por días enteros, encerrada en su cuarto con las cortinas y las persianas cerradas. Cuando era niño, yo me asomaba por la rendija de la puerta para comprobar que seguía respirando.

Me amó demasiado. Y mi hermano nunca me perdonó por esta afortunada imprudencia. Ser el consentido de mamá tuvo sus encantos y privilegios, pero también su pesadumbre y agobio.

Aunque la vida se le acabó de manera temprana, al menos tuvo la dicha de poder disfrutar un par de años a sus nietos: Rodrigo y Ximena, un paliativo emocional en el penoso trance del cáncer. Ya no tuvo tiempo de conocer a Lore, la nieta que con su nombre, honraría su memoria.