Con 13 nominaciones al Ariel 2019 como mejor película, mejor dirección, guion original y actuación femenina, entre las más destacadas, “Las niñas bien”, dirigida por Alejandra Márquez Abella, al igual que “La camarista”, es un drama costumbrista.

Aquí, las poco espectaculares peripecias de las protagonistas, están definidas por acciones en apariencia insignificantes de la vida cotidiana y de la atmósfera social que la rodea, que sin embargo, propician una progresión dramática que le da sentido a la narrativa cinematográfica.

Inspirada en los personajes del libro homónimo de Guadalupe Loaeza, este segundo largometraje de Alejandra Márquez, es también una película de época, pues las acciones se sitúan en los años ochenta, justo al término de la desastrosa presidencia de José López Portillo, a quién la protagonista no dudará en ladrar como a un perro.

Sofía, interpretada por Ilse Salas, experimenta a lo largo del desarrollo del filme, una ligera crisis existencial sin mayores repercusiones en su crecimiento como persona, que más bien confirma el carácter superficial y anodino de la clase social a la que pertenece, donde el tener es más fundamental que el ser.

Resulta interesante que “La camarista” se sitúe justamente en la antípoda social de las niñas bien. Ella es la que se encarga del servicio, pero también la que emprende una odisea íntima por alcanzar la superación personal.

“Las niñas bien”, las que disfrutan –y en muchos sentidos abusan– de estos servicios, parecen sin embargo estancadas en un mundo ideal que no las lleva de regreso a Itaca.

Esto sugiere que la condición humana estaría subordinada la condición de clase, cuando es el carácter lo que define la profundidad de la experiencia de ser mujer y su inserción como persona.

En una sociedad como la mexicana, las niñas bien son lo que Ricardo Rafael ha definido como miembros de la casta de las mirreinas, ese ente social consentido y arrogante, que cree merecer todo, al que todo se le permite, al que cualquier agravio se le perdona, excepto claro, cuando cae en desgracia y no puede pagar el precio de la impunidad o la indiferencia.

Estos son algunos de los pasajes en la vida de Sofía –petulante, egocéntrica y descarada– y de sus amigas cercanas –hipócritas, superficiales, pero inmaculadamente bien vestidas– que se consideran superiores al resto, pero no tienen como demostrarlo más allá del dinero.

Estas acciones de la cotidianidad de la vida de clase alta, a veces con sutileza, con frecuencia de forma por demás evidente –lo que debilita su eficacia narrativa– es lo que emplea el guion de Alejandra Márquez Abella para construir una estructura dramática solvente.

Para el espectador, lo significativo es constatar que en ese universo repleto de objetos, colmado de autos, joyas, casas elegantes, clubs campestres, personas famosas y mujeres glamorosas, existe un gran vacío existencial, un hueco interno, imposible de llenar.