Las industrias digitales y multimedia, evolucionaron muy rápidamente en los últimos diez años. En nuestro país, especialmente en el terreno del cine y sus derivados, como las series y el cine digital.

Uno de los frutos de esta evolución –aunada a los estímulos fiscales para la producción y distribución cinematográfica que otorga la aplicación del artículo 189 de la ley del ISR– ha sido la creciente participación de mujeres cineastas, con visiones diversas pero con frecuencia sorprendentes.

En tres entregas de este blog me referiré a tres realizadoras: Lila Avilés, Alejandra Márquez Abella y Astrid Rondero Martínez. Así como a tres películas, “La camarista”, “Las niñas bien”, y “Los días más oscuros de nosotras”.

Estas realizaciones –quizá sin proponérselo explícitamente– constituyen una especie de retrato de la condición femenina en la estratificada sociedad mexicana contemporánea, cada una con sus particularidades y dramas individuales.

Para simplificar diré que se trata de un retrato de las tres clases sociales que conforman el desigual universo mexicano: la clase alta, la clase media y la clase baja.

Es paradójico que se siga hablando de “clases sociales” como si se tratara de «castas», cuando en teoría vivimos en una sociedad democrática donde se consagran los derechos de igualdad. Pero la realidad siempre nos rebasa.

Se trata de tres películas bien realizadas, con guiones razonablemente bien construidos; con fotografía y sonido técnicamente correctos; con personajes sólidos, actuaciones consistentes y bien caracterizadas, que aún cuando puedan tener ciertas limitaciones estéticas o estructurales, sobresalen de la media.

 “La camarista”, de Lila Avilés –con cuatro nominaciones al Ariel como película, guion original, dirección y opera prima– se sitúa en el terreno del drama costumbrista, donde la vida cotidiana de una mujer sencilla, Eve, adquiere las dimensiones de una épica interior, retratada a través de pequeños gestos y acontecimientos en apariencia insignificantes, que revelan sin embargo una intensa vida íntima, enmascarada por la rutina del trabajo manual, que ella realiza con particular esmero.

Protagonizada por Gabriela Cartol, en el papel de Eve “La camarista”, –a diferencia de “Roma”, de Alfonso Cuarón, donde se visibiliza el papel semiesclavo de las trabajadoras domésticas con cierta mirada paternalista– destaca por su mirada de empatía: una especie de camaradería femenina, que se da tanto por la dirección que la cineasta propone a su actriz protagonista, como por las cosas que suceden estructuralmente en el guion cinematográfico.

Uno de los aspectos notables en esta trama sin estruendos dramáticos, ni peripecias descabelladas, es la amistad y solidaridad entre Eve y Minitoy su compañera, interpretada por Teresa Sánchez, por cierto ambas actrices nominadas para el Ariel, la primera como actriz protagonista y revelación actoral, y la segunda en coactuación femenina.

Estas dos mujeres, con vidas sencillas y trabajos precarios –que como las trabajadoras domésticas son normalmente invisibles– evolucionan dramáticamente a través de acciones cotidianas simples, que sin embargo provocan una curva ascendente en el desarrollo de su personalidad.

Así, adquieren ante los ojos del espectador su dimensión humana, dimensión que la excelente fotografía de Carlos F.Rossini –también nominado al Ariel– las aproxima a nosotros, aún cuando ninguna aventura las violente.

Eve camina en la dirección de su superación personal, simbolizada por el ascenso al piso cuarenta del hotel donde trabaja. Ahí, se ubica con seguridad la suite presidencial, a la que sólo tendrá acceso en sus aspiraciones, y cuya imposibilidad define su tragedia personal.