¿Qué nos movió el temblor?

Cuando tiembla dejamos de pisar tierra firme. Aunque andemos volados de angustia, no es la sensación de flotar y andar por las nubes de los que pierden el piso. Al contrario, toda noción de vanidad, arrogancia o sentido de superioridad se disipa. El temor a morir nos iguala, vulnerables ante las fuerzas naturales, nos reconocemos en el otro, empatizamos con el otro cuyo miedo en la mirada es tan similar a nuestro propio miedo, cuyo temblor nos conmueve. Cuya respiración sofocada por la carrera, la desesperación y la ansiedad, se hermana con nuestro propio aliento. Algunos, sin metáforas, pierden el piso, y al perderlo, con frecuencia pierden la vida, o quedan atrapados entre los escombros, esperando ser rescatados, gracias al olfato de un perro, o a la habilidad de un topo humano que los encuentra en las entrañas de cemento y fierro cuando todo mundo alza los puños y guarda silencio para percibir su aliento. Silencio para escuchar el rumor humano, el grito de auxilio, el quejido hundido en el fondo de las ruinas, apenas unos minutos después del terrible estruendo que con el terremoto y las construcciones colapsadas nos cimbra los tímpanos y el corazón.

Un temblor exige silencio, porque no sólo se mueve la tierra: también se sacude el interior, se agita el alma. Un terremoto del espíritu nos recuerda que estamos vivos de milagro. ¿Qué se mueve en el interior de esas personas que quedan atrapadas, heridas, agonizantes, esperando con ansiedad el arribo de un héroe anónimo que les devolverá la vida?  ¿Qué se mueve en el corazón del moribundo que por estar tan sumergido en las ruinas, no podrá ser rescatado?

Al sacudirse el interior, brota lo mejor de la gente… pero tristemente sale también lo peor de algunas personas. Solidaridad y rapiña se encuentran en la bocacalle de la tragedia. La primera es multitudinaria y nos hace recuperar la fe en la condición humana. Cuando el despego al confort del hogar intacto o derruido, se cambia por la ayuda a los demás, por el sacrificio por los otros. Entrega de cientos de jóvenes sudorosos y entusiastas, que en inmensas cadenas humanas ayudan a desplazar los escombros de la desdicha. Admira observar a las mujeres organizar a la gente. Esas mismas mujeres que sólo hace unos días exigían “#ni una muerta más” y que ahora piden silencio para oír el lamento de los atrapados. Solicitar picos y palas, demandar agua y alimento para los rescatistas, ofrecer consuelo a los desamparados. Pedir manos para acarrear piedras, brazos para abrazar desdichas. A la tristeza del desamparo causado por la naturaleza, se suma la rabia por la rapiña que brota de los miserables que aprovechan el caos para ensanchar su patrimonio, acto de por si despreciable, pero no tanto como la más despreciable de todas las rapiñas, la de los servidores públicos que lucran con la desgracia ajena; la rapiña política, que oportunista se toma la foto para engatusar electores o apaciguar genuinos descontentos sociales. A lo que se suma la rapiña mediática del rating: donde la tragedia humana se convierte en espectáculo, entretenimiento de masas con meros fines comerciales. Es cierto que informar sobre los hechos es obligación de los medios, tanto de los masivos como de las redes o medios sociales, que deben servir de puente de comunicación ante la emergencia. Lo que es cuestionable desde la ética es cuando esta necesidad se transforma en oportunismo para ganar audiencia, aún si para lograrlo se inventan o magnifican situaciones dramáticas, como el rescate ficticio de “Frida Sofía”.

Cuando deja de temblar, las percepciones, los sentimientos, las esperanzas, se siguen moviendo. Así como hay réplicas físicas siguen liberando energía en las entrañas de la tierra, las capas psicológicas, el inconsciente, el subconsciente, continúan agitándose. A los que hemos experimentado terremotos anteriores, estos movimientos bruscos harán emerger recuerdos, fantasmas, temores atrapados, pero también la constancia de nuestra propia supervivencia. A los niños y más jóvenes, los temblores interiores sepultarán en su subconsciente sensaciones y pensamientos que les formarán el carácter, que los marcarán para siempre.


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