La caída de la utopía (Fidel): el ascenso de la distopía (Trump)

 

fidelDicen que Fidel Castro se murió porque aunque pudo sobrevivir a 11 presidentes de los Estados Unidos: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush I, Clinton, Bush II, Obama y a cientos de atentados orquestados por la CIA, no pudo aguantar a Donald Trump. Y aunque hace algunas décadas parece haber muerto el ideal revolucionario del “hombre nuevo” abanderado por Fidel (que ahora me pregunto, por qué nunca se enunció como el ideal de la “mujer nueva” o en el mejor de los casos como de “la nueva humanidad”), en el terreno de lo simbólico la muerte del mito, del prócer-dictador cubano, señala también la agonía de los modelos del mundo que heredamos del siglo XX. Y peor aún: el desfallecimiento de las utopías, contrastado con el ascenso de las distopías que pueden representar la fragmentación de la Unión Europea con la salida de Gran Bretaña; el avance del “Califato de ISIS”; el “nacional-capitalismo” -antimexicano, hitleriano, racista y misógino- de Donald Trump; o el Estado fallido mexicano al que nos acercamos. Desfallecimiento, (que no muerte súbita), porque mientras “haya vida hay esperanza” y es probable que pronto vuelvan a germinar nuevas utopías que lleven al mundo a mejores estadios, lo que no se logró, ni con el comunismo, ni con el capitalismo neoliberal engendrados en el siglo pasado. Me encuentro entre los que conceptualizaron a Fidel Castro de una manera pendular: del miedo irracional a la admiración y casi reverencia; de la casi reverencia al cuestionamiento crítico. En mi infancia, Fidel representó al más malvado de los tiranos. En la escuela católica donde estudiaba, el director del colegio era cubano: el maestro Delgado, anticomunista y anticastrista. Era también homosexual, aunque en aquellos años como miembro destacado de una orden religiosa, aún no salía del closet. En algunas de sus clases, el maestro Delgado nos platicaba de sus planes para derrocar a Fidel Castro. De posibles invasiones a la isla para liberarla del comunismo ateo y de otras fantasías contrarrevolucionarias que a los niños nos parecían muy amenas, aunque algo terroríficas, considerando las posibilidades de una guerra nuclear provocada por “el déspota de la Habana”. Años después, el maestro Delgado colgó los hábitos, salió del closet de la homosexualidad, y fue asesinado en Guadalajara. Para aquel entonces, mi vida había transitado al otro extremo del péndulo y yo me declaraba admirador de Fidel y de la Revolución Cubana, así con mayúsculas. Fueron los años en que cantábamos con entusiasmo canciones de Silvio y Pablo; gritábamos a voz en cuello “Fidel, que tiene Fidel, que todos los yanquis no pueden con él”; a los pobres exiliados los llamábamos gusanos y aspirábamos a que una revolución armada y socialista terminaría con la dictadura perfecta en México, con las dictaduras  militares en el continente americano y sobre todo con el imperialismo yanqui, al que Fidel parecía ser el único capaz de poner en jaque. Mi hice lector de Nicolás Guillén, Lezama Lima y Alejo Carpentier, sobre todo de este último. Devoré con entusiasmo las películas de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío (críticos de algunos efectos burocráticos de la revolución pero no por eso lejanos a Fidel). Admirábamos el avance en el deporte, la medicina y la educación del modelo socialista cubano. Todo era muy chévere. Sin embargo, mis recelos contra el régimen cubano, empezaron justamente cuando comencé a tener contacto con escritores de la isla, algunos disidentes, otros afectos al régimen. A Senel Paz, autor del cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, que después Tomás Gutiérrez Alea llevaría al cine con el título de “Fresa y Chocolate” (única película cubana nominada al Óscar), lo conocí en un encuentro latinoamericano de narradores. De una manera algo tímida –quizá temeroso de que hubiese espías del régimen entre la concurrencia– comentó las dificultades de vivir en “una sociedad marcada por las carencias y sujeta a una cartilla de racionamiento como fuente esencial de adquisición de alimentos” y sobre todo, la homofobia existente como política oficial. En 1989, firmé un desplegado en el que participaron decenas de escritores e intelectuales pidiendo la condonación de la pena de muerte del general Arnaldo Ochoa, quien era juzgado por un tribunal militar por narcotráfico y “traición a la patria”. Mi argumento de aquel entonces, como ahora, era afirmar que la vida humana es “sagrada”, y que la pena de muerte no es otra cosa más que una brutalidad, venga de donde venga. Por supuesto que nuestra petición fue desoída y el general Ochoa fue fusilado. La leyenda y el prestigio moral de Fidel Castro se desmoronaban también. El culto a la personalidad, y la aplicación de medidas dictatoriales, de cualquier signo, me comenzaron a parecer repulsivas. El distanciamiento total se dio cuando Fidel decidió heredarle el poder a su hermano. Para entonces, la utopía del “hombre nuevo”, se había revelado una vez más como una de las sinrazones de la humanidad. Después, me hice seguidor de los disidentes blogeros cubanos, como la admirable Yoani Sánchez de Generación Y, su marido Reinaldo Escobar, y tantos otros cubanos que han sabido emplear el internet como un arma de análisis y crítica de una sociedad que quiso ser la encarnación de la utopía, y por desgracia, terminó por ser, no la dictadura del proletariado enunciada por Max que nos llevaría a una sociedad sin clases… sino simplemente la dictadura del comandante Fidel Castro y sus herederos. ¿Qué pasará con Cuba ahora muerto el comandante? Es difícil anticiparlo. Por desgracia, la jugada siguiente se planea en el tablero de la distopía de Donald Trump.


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Memorias del porvenir con Trump: hora de releer (no reler) nuestra historia

bandera_us-mexDesde que iniciamos nuestra vida independiente, la relación de México con los Estados Unidos ha sido una relación por decir lo menos “tortuosa” y pendular, entre dos extremos amor-odio. Los admiramos (porque tienen mucho de amable y admirable); pero no podemos dejar de odiarlos, porque todo imperialismo no puede ser más que odioso. Ser su vecino, con la frontera más grande del mundo, es tanto una “fatalidad” (como lo expresó el innombrable Carlos Salinas de Gortari), como una calamidad y (a veces) también una oportunidad. ¿Qué nos hizo suponer, como pueblo y cómo gobierno, que lo que habrían de prevalecer en esta tortuosa relación serían las oportunidades y no las calamidades? Supongo que algo tiene que ver la escasa memoria histórica con que se conducen las personas – lo que no debería aplicarse a nuestros gobiernos, aunque desafortunadamente también se aplica sobre todo porque si nuestros gobernantes no saben ni “ler”, mucho menos conocerán nuestra historia. Baste recordar que los ejércitos norteamericanos nos han invadido al menos tres veces: ahí están los “niños héroes para atestiguarlo”. Entre 1846 – 1848, los soldados norteamericanos invadieron nuestro país en una guerra de intervención que dio como resultado la pérdida del 50% del territorio nacional: ese de donde ahora Donald Trump amenaza con expulsar a los migrantes mexicanos indocumentados. La guerra concluyó con la firma del “Tratado de Guadalupe Hidalgo”, oficialmente denominado “Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América”, el cuál se pactó en términos 100% ventajosos para el imperio americano, tan es así, que uno de sus firmantes le escribió una carta a su mujer donde le confesaba que aquellos términos le parecían “vergonzosos”. Más vergonzoso fue que en el año de 1831, siendo presidente Antonio López de Santana, se había firmado con los Estados Unidos el primer antecedente del TLC actual, el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación”, traicionado con aquella invasión. Aunque no está de más recordar que nuestros gobernantes también nos traicionaron, pues fue el mismo Antonio López de Santana, quién para salvar el pellejo, terminó por “vender” la mitad de nuestra patria. Después, los americanos se metieron en su espantosa guerra civil (cuyas secuelas por cierto reviven ahora con el voto de supremacistas blancos a favor de Trump) y nos dejaron vivir en paz durante poco más medio siglo. La segunda invasión fue también consecuencia indirecta de una traición “pactada” entre el gobierno usurpador de Victoriano Huerta y el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, que llevó al derrocamiento del presidente Francisco I. Madero en la “decena trágica de 1913”. Un año después, un acontecimiento menor en el puerto de Tampico, llevó al presidente Woodrow Wilson a ordenar en abril de 1914 la segunda intervención de la flota americana en el puerto de Veracruz. Aquella intervención orientada en teoría a apoyar a las fuerzas de Venustiano Carranza en su lucha contra el usurpador Huerta, constituye sin embargo un episodio más de ignominia del poderío norteamericano contra el pueblo de México. Dos años después, Pancho Villa invadiría por primera vez suelo americano, en una picaresca declaración de guerra al pueblo de Columbus, que culminaría con la expedición punitiva contra Villa, encabezada por el general John J. Pershing que ingresó con sus tropas en territorio mexicano el 14 de marzo de 1916 y lo abandonó el 17 de febrero de 1917, sin haber conseguido su propósito de capturar el Centauro del Norte.  En cuanto a la posibilidad de negociar de manera ventajosa y/o romper de forma unilateral el tratado de libre comercio, tampoco deberíamos sorprendernos. Ya ha ocurrido cuando menos dos veces en nuestra tortuosa relación: la ya mencionada en el siglo XIX, y la que tuvo efecto durante la segunda guerra mundial, en el siglo XX. Por la emergencia de la guerra aquel tratado comercial de “nación más favorecida” se firmó en Washington el 23 de diciembre de 1942, fue ratificado por el senado mexicano el 29 de ese mismo mes y se promulgó el 31 de diciembre en el Diario Oficial de la Federación. El mismo estipulaba que, de surgir alguna controversia irresoluble entre gobiernos, el país inconforme podría darlo por concluido de forma súbita con seis meses de sobre aviso, lo que de hecho sucedió una vez concluida la guerra. Durante los años siguientes, los gobiernos mexicanos consideraron que era más importante mirar hacia adentro, e impulsar la modernización e industrialización del país, y dio inicio una etapa exitosa en el terreno económico denominada desarrollo estabilizador y de substitución de importaciones en la que México tuvo un crecimiento sorprendente del producto interno bruto del 6% anual. Le llamaron “el milagro mexicano”. En el terreno político sin embargo, el autoritarismo del partido único dominado por el PRI, llevó a la crisis social de 1968, que además se dio en concordancia con otras crisis sociales alrededor del mundo. En aquellos años los Estados Unidos nos dejaron relativamente en paz, pues estaban más interesados en atender los asuntos de la guerra fría, y el gobierno autoritario del PRI al menos aseguraba cierta estabilidad política, que contrastaba con el desastre en que se encontraban la mayoría de los países latinoamericanos (muchas veces gracias a la intervención ilegítima de la CIA y de los Estados Unidos). Pero ahora las cosas han cambiado y las prioridades también. La guerra fría terminó y Donald Trump se ha declarado admirador de la Rusia de Putin y enemigo del pueblo de México. Nos ha amenazado con expulsar a 11 millones de indocumentados; expropiar sus remesas para construir un muro; renegociar o revocar el TLC. El sólo anuncio de su triunfo ya devaluó nuestra moneda 20%. ¿Qué pasará cuando asuma la presidencia? ¿Cumplirá al 100% sus amenazas? No podemos anticiparlo, aunque si prever sus terribles consecuencias. Lo que si podemos hacer, es darle una mirada a nuestra historia y prepararnos para lo peor. Y por qué no: mirar hacia adentro, fortalecer nuestro mercado interno, revitalizar nuestra vida cultural, construir ciudadanía: la solución no siempre tiene que venir desde afuera.


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El muro mexicano para contener a Donald Trump: nuestra identidad nacional

bandera_usEl triunfo de Donald Trump en las elecciones ha puesto a temblar al mundo y en particular a los mexicanos, como dijo el profeta: tan lejos de Dios y tan cerca de los de los Estados Unidos. Pero también nos ha puesto a reír, o paradoja, con nemes y frases virtuales ingeniosas como aquella de que “tendremos que levantarnos tempranito para construir el muro”, o que nuestro presidente podrá dormir tranquilo, pues ya no es el más pendejo del mundo. Pero esta risa se evapora con rapidez, y nos queda como resabio la sensación de desencanto y alarma. Y cómo no: a la fatalidad de tener como vecino al país más poderoso del planeta, con su arsenal nuclear y su ejército ultra tecnificado, ahora se suma el peligro de que será dirigido por un fanático demagogo y narcisista: antimexicano, xenófobo, mitómano, racista, prepotente, machista, y siga usted sumando los epítetos que le apetezcan. Resulta inquietante suponer que la invitación que Enrique Peña Nieto le hizo para visitar nuestro país, haya podido ayudar a catapultarlo y llevarlo a ser el presidente electo: al menos esa nos las debe. Igual de inquietante saber que el 50% de los electores norteamericanos piensan como él. Aunque debemos reconocer que al menos merced a ese acercamiento, las relaciones entre ambos gobiernos podrían empezar con menor rispidez. Enrique Peña Nieto dice que esto debe verse como una oportunidad. Desde mi punto de vista, lo que debemos ver los mexicanos como una oportunidad, es la posibilidad de replantear nuestra manera de relacionarnos con los Estados Unidos y con el mundo. Deberíamos dejar de ver para el norte, para comenzar a vernos a nosotros mismos. Reconocernos en nuestras tradiciones, creaciones culturales e instituciones. Replantearnos el alcance de nuestra situación nacional con ojo crítico. Inaugurar una forma moderna de identidad nacional, algo que de manera subyacente ha empezado a moverse entre nosotros a través de las redes sociales, como la invitación a comprar productos cuyo código de barras inicie con el número 750, indicativo de que son hechos en México. Aunque le propuesta es relativamente ingenua, porque muchos de estos productos también son fabricados por empresas trasnacionales, en el fondo lo que señala es la necesidad de reconocer que la realidad mexicana solo la podremos resolver y mejorar los mexicanos. Que sólo los mexicanos podemos modificar nuestras condiciones políticas y sociales, y a eso se llama democracia ¿Cómo conciliar temas irrefutables, como el hecho de que la globalización se nos ha metido hasta en los calcetines, pero que simultáneamente debemos defender una esencia nacional decantada? Es cierto que en los siglos pasados el nacionalismo además de emplearse para lograr la cohesión social, se utilizó también (y muy eficazmente aunque de una forma igualmente perversa) para que un grupo político se perpetuara en el poder. Esto no debe repetirse y nuestra identidad nacional del siglo XXI tienen que aprender de su pasado y nutrirse de nuestra incipiente democracia cuya soberanía radica en el pueblo, en la gente. Porque los nacionalismos comienzan a revivir por todas partes (basta con mirar a Europa, Reino Unido o los países árabes) y no siempre de la mejor manera, sino con rasgos que nos recuerdan desafortunadamente episodios atroces, como al nacionalsocialismo, al nacionalismo falangista español, y otras tantas abominaciones de la historia. Para no ir tan lejos, ahora nos enfrentamos a una forma de nacionalismo (el que encarna Donald Trump) agresivo, supremacista, prepotente, heredero de las doctrinas del “destino manifiesto” y del gran garrote. ¿Cómo construir una identidad nacional inteligente, contemporánea, solidaria, que aprenda de los errores del pasado y no los repita? Una de las claves está en la riqueza cultural mexicana, que ha sabido nutrirse de la diversidad. Especialmente de la diversidad cultural de los pueblos originales (mal llamados indios) a los que hemos relegado y cuya capacidad de resistencia debería servirnos como ejemplo y con los que como sociedad tenemos una cuenta pendiente. Las facilidades de interconexión e interrelación digital que han acelerado el proceso de globalización nos debería servir también para efectuar una especie de “globalización interna del conocimiento”: la reconstrucción de ese rompecabezas mexicano cuya fragmentación nos mantiene anclados en una sociedad precaria y desigual, inequitativa, estratificada en castas que abusan de sus privilegios, escasa de ciudadanía y ayuna de buen gobierno. Si de algo han servido los exabruptos de Donald Trump contra los mexicanos, y por los que nos hemos sentido agraviados, es porque no nos reconocemos en ellos: no nos reconocemos como violadores (aunque los haya como en todas partes); no nos reconocemos como narcos (aunque algunos aprovechen la oportunidad que les da el mercado norteamericano para serlo); no nos reconocemos como asesinos o estafadores. Nos reconocemos más como un pueblo rebelde y luchón: como gente que está dispuesta a dejar su hogar y emigrar incluso a lugares tan hostiles como los Estados Unidos, para mejorar la vida de nuestras familias. Nos reconocemos como gente solidaria; diversa; creativa; dicharachera y alegre. Nos reconocemos como un pueblo que sabe honrar a sus muertos y a sus ancestros. Deberíamos empezar a reconocernos también como una sociedad con inventiva, con ingenio, dispuesta a apostarle al desarrollo de la ciencia y tecnología, talón de Aquiles que siempre nos ha mantenido dependientes de Europa o Norte América. Esa es quizá una de las labores pendientes de nuestro quehacer creativo y cultural: construir una sociedad del conocimiento. Eso será lo único que nos aleje de los peligros del pelirrojo americano.


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Nostalgia de los muertos, degradación del Halloween

muerteEn México nos referimos a ella con nombres chuscos y divertidos: la Pelona, la Huesuda, la Flaca, la Tilitiflaca, la Dientona, la Guadaña, la Sonriente, la Descarnada, la Descansadora, la Descerebrada, la Catrina, la Calaca, la Tiznada, la Tanata, la Finada, la Irremediable, la Difunta, la Amortajada, la Panteonera, la Parca… la Muerte: la que ni pregunta ni responde. La de los dientes pelados. La de los ojos hundidos. La de los dedos fríos. La de los huesos sin carne. Nos burlamos de ella, nos reímos con ella y no obstante la respetamos. Aunque ella no nos respete tanto, y tarde o temprano nos lleve al baile y nos jale las patas. A morir venimos. Somos carne de panteón. Es la expresión más equitativa de la democracia, el triunfo de la estadística igualitaria del 100 por ciento y el largo plazo, donde todos estaremos muertos. Todos nos vamos con las patas por delante: todos colgaremos los tenis, los huaraches o los bostonianos. Todos chuparemos faros. A todos y cada uno nos cargará la Tiznada. Todos venimos del polvo y al polvo iremos. En el mundo habrá pocos refinados, pero todos finados. Por supuesto que al único que ni le va ni le viene la muerte es al muerto. El muerto es indiferente ante su propia muerte, como nunca la fue ante la muerte de los demás. Al muerto, la muerte le da lo mismo, pues es esta última su infinita condición. En los velorios, él único que ni se entera del chismorreo, del cotilleo, de la diatriba o de la alabanza, es el difunto. O será que el muerto nos sigue escuchando, ¿pero por cuánto tiempo? El muerto se va, no sabemos exactamente a dónde, y los vivos nos quedamos a celebrarlo o a denostarlo. El muerto al pozo y el vivo al gozo. La muerte es simultáneamente una promesa, un destino y una calamidad. La muerte nos persigue, nos acosa, nos angustia, nos seduce, nos encanta. Algunos le rinden culto y la llaman la Santa Muerte. Otros la consideran el inicio de una vida eterna. También se le denomina el sueño eterno: y el soñar y el morir, se parecen, porque en el sueño y en la muerte dejamos de ser nosotros para ser otros: oníricos, sonámbulos, fantasmas. Al orgasmo, los franceses le llaman “la petite mort”, la “muerte chiquita”, por lo que anticipamos que nuestro tránsito al otro mundo deberá ser también la sublimación del erotismo: el gran orgasmo final. Los estertores de la muerte y los estertores del orgasmo se asemejan como un grito de exaltación a la vida, aunque sea un grito final. Eros y Thánatos son almas gemelas. Amar y morir son ramas del mismo árbol de la vida. Pero la muerte dura más que la vida: y cuando morimos, el universo, nuestro universo, se acaba, se destruye, aunque se vuelva eterno. Cuando dejemos de existir, también dejará de existir el mundo, nuestro mundo. Porque la vida, la existencia, es percepción y la muerte ausencia. Por eso los altares a los muertos nos traen a nuestros seres queridos de regreso del otro mundo. Aunque el muerto siga allá (en el más allá) por un par de días estará en el más aquí con nosotros. El recuerdo los regresa. La memoria los materializa. Qué son las obras de los inmortales, sino la oportunidad de dialogar con los muertos. Cuando leemos El Quijote, Cervantes regresa del otro mundo para platicar con nosotros. Y así se materializan también Shakespeare con sus dramas y Jorge Manrique con las coplas por la muerte de su padre, Xavier Villaurrutia con su “Nostalgia de la muerte” y José Gorostiza  con “Muerte sin fin”: “la muerte niña, sonriente, que desflora un más allá de pájaros en desbandada”. Así dialogamos también con nuestros muertos: con nuestros padres, amigos, parientes, hermanos… todos aquellos que se nos adelantaron y cuya presencia se materializa en su recuerdo. En el altar de muertos y en el panteón, se ubican las ofrendas de la vida: las flores, el pan, el alcohol, los cigarros, las viandas que los muertos disfrutaron o adoraron. Y ahí radica una de las diferencias esenciales en la celebración del Día de Muertos y de los Muertos Chiquitos, con la fiesta de Halloween. Emparentadas por la cercanía en las fechas y por su posible origen medieval ligado al día de Todos los Santos, la diferencia contemporánea que más resalta es que el Halloween, más orientado a la mercadotecnia del disfraz y el chocolate, conmemora a los espectros y a las brujas; a los demonios y a los monstruos; a las calabazas malditas y a los zombis. En cambio, el Día de Muertos -aún con sus desviaciones consumistas como el pan de muerto en los súpers desde agosto- es una celebración de vivos: más aún, una celebración de vivos que algún día estaremos muertos y de muertos que algún día estuvieron vivos, y que de una manera u otra, reviven con nuestro recuerdo. Por eso, el único disfraz posible en Día de Muertos, es la máscara de la muerte, que a diferencia de las máscaras comunes que ocultan la verdadera esencia, es una máscara que desnuda, que nos muestra lo que somos en realidad: muertos en vida, vivos entre muchos muertos.

 

 


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La agonía de la Suave Patria y el grito sin sustancia

LIBERTADCada mes de septiembre, la calle se llena de banderas, los símbolos nacionales adornan ventanas, coches y bicicletas, el nacionalismo de banqueta nos brota por la piel y salimos al balcón a gritar como dijo el poeta “viva México…. hijos de la chingada”. Pero ese fervor patriótico y nacional pronto se desvanece y subyace debilitado, asfixiado por la globalización y desgastado por su empleo político o faccioso de lo que significa ser mexicano. La identidad nacional luce quebrada, con sus referentes amoratados o quizá habría que decir amortajados. La patria es cada día menos patria. El civismo abandona las escuelas y el ser mexicano es un ser confunso, desdibujado, aporreado por una realidad que se extiende ignominiosa en el fraguar de cada día. Donald Trump insulta a los mexicanos al afirmar que somos violadores, drogadigtos y asesinos. Pero los fuegos artificiales del 15 de septiembre son sólo eso: juegos de artificio, muy lejanos a las ráfagas de matralleta que se escuchan en las ciudades fronterizas y estados y municipios donde la ausencia del Estado nacional, ha sido usurpada por mafias y carteles del crimen organizado, que adquieren su armamento en la Unión Americana, donde la posesión y venta de armas está protegida por la constitución, confirmando que “los americanos no son vilentos porque tengan armas, sino que tienen armas porque son violentos”, muchos de los cuales ahora quieren edificar un muro de la ignominia en el territorio que hace no tanto tiempo nos despojaron. Y algunos se preguntan, dónde quedó la “suave patria” aquella que con “épica sordina” lucía “impecable y diamantina”. Dónde quedó Masiosare, el extraño enemigo del pueblo, al que habremos de defender cuando ose “profanar con su planta su suelo”, hipotecado a las grandes corporaciones hoteleras y mineras, que se apropian de playas y montañas, o a las empresas petroleras que una vez expulsamos, pero que ahora recibimos con beneplácito,  alentadas por una reforma energética, que dicen, algún día traerá inversión, empleo y mejores salarios a los mexicanos -si para entoces todavía quedan- así como tecnologías sofisticadas que nuestro conocimiento nacional fue incapaz de desarrollar para sacar el tesoro energético del mar profundo. Ya decía López Velarde que nuestros veneros de petróleo fueron escriturados por el diablo, aunque en la época actual de nuestro nacionalismo trasnochado se le llame simplemente capitalismo neoliberal de compinches que favorece negocios que sólo benefician a unos cuantos. Invocando el interés nacional, se remata la patria al mejor postor, eso si, sancionado por el congreso y por el supuesto “pacto por (contra) México”. Además arrastrados por un gobierno caracterizado por su corrupción e ineptitud, que confía más en propagar slogans que pretenden contar bien lo que se cuenta poco, aunque cuenta mucho, antes que elaborar políticas publicas que tutelen el interés nacional. Cuando nos vendieron la idea de que los nacionalismos eran expresiones de la decadencia y que la moderno era ser globales, nos aseguraron también que pronto la riqueza comenzaría a permearse a la base de la pirámide, eso si, por goteo. Las privatizaciones en telecomunicaciones, minería, medios de comunicación masiva (que muchos sospecharon se hacían al amparo de prestanombres y testaferros) despojaron al Estado de importantes instrumentos económicos y de información, pero hicieron el milagro de incluir en la lista de los hombres más ricos del mundo a un puñado de billonarios, cuyas empresas cotidianamente capturan la renta de los maxicanos, depredan el ambiente con actividades mineras a cielo abierto que impunemente contaminan ríos y mantos acuíferos, o lavan el cerebro de nuestros connacionales obnubilados por la TV y por este novedoso nacionalismo globalizado. Y mientras esto sucede, desigualdad y pobreza siguen siendo nuestro pan de cada día. ¿Cómo recuperar, o más aún, como reformular un nacionalismo que de sentido a las premisas originales de nuestra República, donde la soberanía resida en el pueblo? ¿Cómo formular un nacionalismo moderno, que reconzca las fortalezas de nuestra cultura nacional y simultáneamente produzca aportaciones novedosas y sorprendentes? ¿Cómo superar la decidia con que el presidente sale al balcón de palacio a dar un grito sin sustancia y sin alma, que ni conmueve ni invita a proclamar una verdadera indepndencia, tan dependientes que somos de todo lo que nos viene de fuera? ¿Cómo reafirmar esa vigirosa cultura popular que sin ánimo propagandístico ni de dominación -como si ha ocurrido con la cultura norteamericana- nos distignue en todas las latitudes (Latinoamérica y España incluidas) donde se habla español y la música, la literatura y el cine mexicano, entre muchas otras manifestaciones de nuestra cultura, son reconocidas y apreciadas? ¿Cómo volver a sentirnos orgullosos de nuestro ser mexicano, generoso, alegre, dicharachero, creativo y promotor de utopías realizables, aquí en la tierra, aquí y ahora en esta pálida patria que agoniza conducida por ineptos y corruptos?

“Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.”
Lee todo en: LA SUAVE PATRIA – Poemas de Ramón López Velarde http://www.poemas-del-alma.com/ramon-lopez-velarde-la-suave-patria.htm#ixzz4KS65vpBb


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Huérfano de padre y patria… amenazada por Donald Trump

EPN_TRUMPLa muerte de mi padre, me ha llevado a reflexionar sobre el estado de orfandad, no sólo de mi persona, pues finalmente resulta casi un despropósito sentirse huérfano a los 60 años, sino en especial sobre el estado de orfandad en que nos encontramos los mexicanos: huérfanos de patria, y peor aún, de patriarcas, quizá también un despropósito considerando que ya debimos hacer alcanzado la “mayoría de edad democrática” y deberíamos tutelarnos por nosotros mismos. El “padre de la reforma política”, Jesús Reyes Heroles, que sentó las bases de nuestra alicaída democracia, expresó con claridad que en política, la forma es fondo. Asunto toral en cualquier política de estado que parece no haber captado nuestro actual presidente que “no entiende que no entiende”. De haberlo hecho, se hubiese evitado el bochornoso espectáculo de recibir como lacayo en la residencia oficial de Los Pinos a Donald Trump y brindarle trato de jefe de estado, cuando no es más que uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: hombre xenófobo, misógino, racista, pendenciero, ignorante, que además durante el último año se ha dedicado a insultar, amenazar, menospreciar, agraviar a los mexicanos, de los dos lados de la frontera. ¿Quién fijó la agenda y el formato de la reunión? ¿Por qué no se esperaron a que Hillary Clinton hubiese confirmado también su asistencia? ¿Por qué admitieron que se efectuara solo unas horas antes de que Trump realizara un discurso anti-inmigrantes en Arizona, cuna de los minutes men caza mexicanos? ¿Por qué lo recibieron como amigo –sin merecerlo- y lo trataron como igual -sin serlo tampoco? ¿Por qué no se le exigió amablemente que se disculpara con los millones de mexicanos agraviados? ¿Por qué el presidente –es un decir- pronunció un texto colmado de indirectas y lugares comunes en vez de un discurso firme, soberano, inteligente, ante a un candidato indolente que ni siquiera se dignaba a darle la cara? Al ver el escenario, el tono “diplomático”, los tiempos y movimientos, la parafernalia formal, se confirma que incluso la decoración la impuso el equipo de campaña del candidato republicano, a quién innecesariamente se le da un empujón, cuando su candidatura va francamente en picada. Lo que piensa Hilary Clinton de este despropósito queda muy claro en el twitter del refranero mexicano que envió: “dime con quién andas y te diré quién eres”. ¿Y si Hillary no acepta reunirse con Pena Nieto (la desaparición del tilde en la ñ es propositiva)? ¿Y si ella gana la presidencia? ¿Es ésta una política de estado sensata? Ya sabemos quién es Donald Trump, y deducimos las terribles consecuencias de su triunfo en las elecciones. También queda claro quién no es Enrique Pena Nieto  No es por supuesto un estadista. Tampoco el presidente de todos los mexicanos, pues aún cuando ostenta la investidura, su administración no ha sabido honrar la constitución que protestó respetar, vamos, no ha honrado siquiera su palabra: gasolinazos dixtit. No es por supuesto el padre de la patria, esa patria ayuna de hombres de estado, que se sumerge cada día más en el fango de la desigualdad, la corrupción, la violencia, la impunidad, la desgracia de ser gobernada por ineptos. Reconozco que ya deberíamos asumir una auténtica mayoría de edad, ayuna de tutelas, de padres y mesías salvadores. Deberíamos ser los ciudadanos los que tomáramos las riendas de nuestro destino. No obstante y por desgracia, en la historia de nuestro país, siempre hemos dependido de un gran papá. Los mexicas reverenciaban a su tlatoani, que era en algún sentido la encarnación del padre. Luego, con la llegada de los españoles, comenzamos a reverenciar a los virreyes, que dieron origen a la muy despreciada casta-plaga de mirreyes que ahora nos sofoca y de la cual nuestro actual presidente es un representante conspicuo. En el siglo XIX, comenzamos con el padre de la patria, Miguel Hidalgo y Costilla, símbolo de un insurgente derrotado. Nos empachamos con dos emperadores, cuya figura paterna apenas podían disimular: Iturbide con sus chiles en nogada y Maximiliano que parecía mirarnos como menores de edad huérfanos de civilización y “buenas costumbres”. Es cierto que Benito Juárez intentó llevarnos a la mayoría de edad republicana, que no puede ser otra más que la fundada en la constitución y el respeto a la ley civil. Pero se nos murió de repente y nos endilgó a un padre modernizador que terminó por convertirse en un padrastro tirano y senil que propició aquella fallida revolución cuyo único legado fue la Constitución de 1917, que siempre ha sido una aspiración, un paradigma de un México ideal nunca realizado. Álvaro Obregón quiso ser padre putativo por segunda vez y terminó asesinado, dos veces, la primera por León Toral, y la segunda en el plagio de la tesis que utilizó para ostentar el título de licenciado en derecho Enrique Pena Nieto (la desaparición del tilde es propositiva). Plutarco Elías Calles se conformó con ser el padre del acuerdo político que le permitiría al PRI convertirse durante 70 años en la dictadura perfecta, donde sólo se recuerda un padre verdadero, no por nada llamado Tata Cárdenas, sinónimo de papá en purépecha. En pleno siglo veintiuno este sentido de orfandad no es gratuito. No hemos tenido durante décadas un liderazgo a la altura del arte, a la altura de las necesidades de la sociedad, entendida esta no como las portadas del “Hola” adoradas por nuestra “primera dama”, sino conformada por la gente de a pie, la que trabaja, construye, edifica esta patria huérfana que no tiene madre, en el mejor sentido.


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Elegía de mi madre a destiempo

MAMA1La muerte de mi papá ha removido los recuerdos sobre mi madre. Abrir aquella cripta para depositar sus cenizas y descubrir la urna arrinconada de mi mami durante 27 años, agolpó las memorias. A diferencia de mi padre, Lorenza Beatriz, mi mamá, murió relativamente joven. Lo hizo además con un gran sufrimiento y una tremenda agonía, que se prolongó durante meses. Fue aquella larga agonía la que hizo que Laura descubriera su vocación sanadora, pues al dar masaje con sus delicados dedos a la cabeza rapada de mi madre, ayudó a que encontrara, aunque fuese por un instante, el alivio físico que tanto anhelaba. Porque además, a diferencia de Jorge Luis, mi padre, el umbral del dolor de Lorenza era diminuto. Siendo tan recurrente, apenas lo soportaba, pero el cáncer la condenó a una muerte lenta y muy dolorosa. Fueron varios los meses que duró en cama esperando la hora final. Eligió como mi padre un día después del cumpleaños de Regina mi hermana para emprender la partida al otro mundo. La vida y la muerte siempre se nutren de coincidencias. Dos años antes, nos convocó para anunciarnos que se había descubierto un lunar en el brazo que iba creciendo. Al principio mi mamá no le puso atención, porque siendo una mujer de piel tan blanca, bastaba con asolearse diez minutos para que el cuerpo se le poblara de pecas. Pero aquel lunar que asemejaba el remolino de un huracán, siguió creciendo y resultó cancerígeno, y lo que es peor, metástasis de un tumor en el cerebro que tardaron en localizar, y que fue descubierto hasta que el lunar del brazo le fue extirpado. Así que a partir de ahí se sometió a múltiples tratamientos radiológicos y quirúrgicos que culminaron con la quimioterapia que le erosionó el cabello hasta dejarla totalmente calva. Ella, que había tenido una cabellera pelirroja hermosa, abundante como su sonrisa, fue consumida por aquel cóctel de fármacos que no pudieron con el cáncer, pero si con sus fuerzas y con su belleza. Durante mi adolescencia y primera juventud, mi relación con mi mamá fue muy intensa, incluso de complicidad, pues juntos conspirábamos y nos revelábamos ante el autoritarismo de mi padre. Ella era una mujer pendular (que muchos años después entendimos se trataba de un trastorno bipolar). Así que no conocía las medias tintas: o era totalmente feliz, dicharachera y risueña, dispuesta a confraternizar con cualquiera que se le pusiera en frente, ya fuese en la fila del banco o del súper; platicadora de tiempo completo, con la señora de las tortillas, las amigas al teléfono, o el coleccionista de arte a quién intentaba vender algún cuadro. En aquellos momentos de júbilo derrochaba energía, como si anticipase que su vida sería corta. Poco antes de nacer mi hijo Rodrigo, fue a visitarnos a La Paz, Baja California, donde Laura y yo residíamos entonces. Durante las dos semanas que duró la visita (sin que Rodrigo se decidiera a nacer según lo programado), se dedicó literalmente a reír y pasear sin descanso. Nosotros la seguíamos en sus trotes interminables, tienda tras tienda, excursión tras excursión. Todavía recuerdo aquel paseo por Cabo San Lucas, en que al subirnos a una lancha, una de las sandalias se me salió del pié y comenzó a flotar libremente en el mar. Mientras yo intentaba atraparla hice mil desfiguros, y mi mamá no dejaba de reír a carcajadas, encantada con mis dislates. Pero así como derrochaba energía y buen humor, de repente la asaltaban terribles dolores de cabeza que la postraban en la cama durante días. Entonces se volvía un ser sombrío y angustiado, incluso irresponsable, pues abusaba de las medicinas para paliar el dolor y el universo se le volteaba literalmente de cabeza. Por fortuna, este accionar en el otro extremo del péndulo, duraba un par de días, y así como había entrado en aquella profunda depresión, en un golpe de resorte emocional, volvía a ser la risueña de siempre. Amante de las antigüedades y de las obras de arte, sus labores de “ama de casa”, como supuestamente correspondía a una mujer de su tiempo, las complementaba con la venta y trasiego de pinturas y chácharas. Lorenza gozaba como nadie la estética visual y la pástica. Por mi casa transitaron cuadros de Chucho Reyes (con quien mi abuela tenía una vieja amistad) José María Velasco, Francisco Goitia, el Dr. Atl, Rosas Moreno, Diego Rivera, Siqueiros, Orozco, Leonora Carrington, Tamayo y muchos otros, como Armando Ahuatzi de quien además era amiga. Algunas veces los cuadros eran falsos o los compradores sinvergüenzas, lo que le generaba a mi mamá días enteros de angustia y zozobra. Y en esas ocasiones simplemente suspiraba… suspiraba. Es curioso, pero de acuerdo a su condición pendular, los gestos físicos más presentes que tengo de mi mamá, son la risa y los suspiros. Arqueaba las cejas con dramatismo y reía a carcajadas, pero suspiraba con una melancolía propia de quien oculta un dolor profundo. Al nacer mi hija Ximena, se dedicó mientras pudo a consentirla y cuidarla. Murió 27 años antes que mi padre, quien además era 10 años mayor que ella, y este pasado 4 de Agosto hubiese cumplido 85. Lorenza Beatriz, mi mamá querida, la mujer de la carcajada franca y el suspiro estremecedor a quién evoco con amorosa nostalgia y memoriosa admiración en esta breve elegía.


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Elogio de mi padre

PAPALa madrugada del 12 de agosto pasado -un día después del cumpleaños de mi hermana Verónica- falleció mi padre: mi papá querido: Jorge Luis Pérez Grovas Lara. Tenía 95 años y demencia senil: una demencia que por momentos lo hacía experimentar situaciones estupendas, en las que se sentía realizado y pleno. Contrastadas con complejas teorías de la conspiración, que lo atormentaban, y llenaban de angustia, aunque no por eso ausentes de encanto y cierta magia policiaca. En su cabeza era capaz de desarrollar intrincadísimas tramas en las que era un protagonista kafkiano o un ingeniero exitoso, que recibía regalías por sus múltiples inventos. Mi mamá lo llamaba: el Inge, y así será recordado por amigos y familiares: el Inge, de ahí sus complots de ingeniero. Durante los últimos tres años -pues hasta los 92 se mantuvo absolutamente lúcido-, cada día contaba una nueva historia; muchas descabelladas pero siempre elaboradas con una narrativa y una lógica impecables. De hecho, cualquier extraño hubiese asegurado que mi papá hablaba con la verdad, pues sus historias eran verosímiles y muy entretenidas. Se reveló en él el narrador que siempre fue, muy probablemente motivado por sus múltiples lecturas. Mucha gente lo recuerda como un lector insaciable, pues en las reuniones familiares, mientras la mayoría nos dedicábamos a chacotear, él simplemente se sentaba a devorar aquellas novelas policiacas que tanto le gustaban. Leía en inglés, la mayoría de las veces. Durante muchos años dos o tres libros por semana. Alfonso Acevedo, un viejo amigo de la familia, al enviarnos sus condolencias escribió “tantos recuerdos que pasan por mi mente de los muy buenos tiempos que disfrutamos a su papa, lo recuerdo como si fuera ayer sentado en su piedrita leyendo un libro, mientras nosotros jugábamos en el río”. Mi afición por la lectura y la literatura se la debo a él, así como él la heredó de su padre, también un ávido lector. Tan es así, que de mi infancia en la casa del abuelo sólo recuerdo con nitidez aquellas reuniones familiares siempre en la biblioteca.

Mi papá era un hombre peculiar: alguna vez nos confesó que durante muchos años había impuesto su opinión porque pensaba que “tener la razón era una obligación”: no un razonamiento, un deber. Tal vez por eso sus cuatro hijos salimos tan obstinados.  Por muchos años fue un hombre callado, incluso diría yo “silencioso”, que basado en la premisa anterior, cuando expresaba sus ideas, era para imponerlas. Esto generó un inevitable choqué generacional que durante mi juventud nos mantuvo distantes. Pero con el paso de los años y la pronta muerte de mi adorada madre –que era la que hablaba hasta por los codos- a mi papá se le fue soltando la lengua, de tal modo que en sus últimos días no dejaba de hablar un segundo. Parecía que al hablar sin descanso, quisiera exorcizar la muerte. Pero no era un soliloquio, sino el deseo de entablar un diálogo. Tal vez porque la muerte nos alcanza cuando dejamos de dialogar, cuando dejamos de preguntarnos. Pero la muerte siempre nos viene pisando los talones y no siempre tenemos la cabeza preguntona ni las ganas de conversar. Aunque no todos descubrimos nuestro carácter mortal de la misma forma. Ahora que me aproximo a la adolescencia de la senectud, recuerdo la forma estridente en que reaccioné a los veinte años cuando tuve plena conciencia de mi mortalidad: aterrorizado. Descubrirlo me causo escalofrío; agudo sentimiento de impotencia; rabia contra la creación imperfecta que me condenaba a una vida efímera. Durante varias semanas observé en el rostro de mi padre, en su manera de aferrarse a la vida, este primitivo miedo a la muerte. Por eso hablaba todo el tiempo; por eso nos pedía que le habláramos y que no lo dejáramos solo ni un segundo. Como sucede en los años finales de la vida, hablaba sobre todo de su infancia, de la que tenía recuerdos muy afinados. Es extraño, pero en las últimas semanas antes de morir, hablaba casi sólo en francés, idioma que dice haber aprendido a los ocho años. Su abuela era francesa y en su casa todos hablaban varios idiomas. Esa fue otra de las virtudes de mi padre: era poliglota: además del español, dominaba el inglés, el francés y un poco de alemán. Tan es así, que en mi adolescencia, tuve una novia alemana, y él me enseñó la frase para conquistarla que todavía guardó en la memoria: Ich liebe dich: te amo. Papá: te amo.

Desde pasados los 80 años era sobreviviente de un infarto, que ni siquiera le produjo dolor pues sólo se le descubrió por accidente, cuando le practicaron un electrocardiograma de rutina. Las últimas cuatro semanas de vida las pasó en cama, después de una caída en que se fracturó el fémur, suceso del que tampoco se quejó y apenas le dolía cuando se le obligaba a cambiar de posición.  ¿Cómo te sientes papá? Bien. Muy bien. ¿Te duele algo? No me duele. ¿Te sientes bien? “mmmju”, musitaba, y repetía su discurso una y otra vez…“mmmju” una y otra vez. Estaba incómodo, inquieto, pero no le dolía, su umbral del dolor era sorprendentemente alto. En mi caso, yo hubiese estado retorciéndome en la cama, pidiendo a gritos un shot de morfina. Mi papá no: por momentos ni siquiera se acordaba que se había caído. Poco antes de morir, comenzó a ver y a escuchar las voces de sus padres que lo llamaban para que se reuniera con ellos. A su papá lo había visto varias veces caminando en la calle. Lo iba a buscar, pero siempre que salía a su encuentro terminaba por desvanecerse. Esto simultáneamente lo inquietaba y lo hacía feliz: después de todo, en alguna parte por ahí, su papá ya muerto, lo estaba esperando. A su mamá y a sus hermanos también muertos, los veía como sombras que pasaban por su habitación. En ocasiones platicaba con ellos. A veces veía fantasmas que lo atemorizaban. En una ocasión me llamó para decirme que alguien estaba escondiéndose bajo la cama. Me presenté tempranito en su casa y con gran seriedad y absoluta lógica me pidió que revisara en el escondite que habían construido bajo el colchón, porque estaba convencido que había dos tipos ahí metidos, que además querían hacerle daño. Por alguna razón en aquella casa no se sentía del todo a gusto: había algo que siempre le incomodaba. Y como no, si se metieron a robarle y el episodio desencadenó aquella demencia senil que a veces lo atormentaba pero que también le ponía emoción a su vida.  Cuenta mi hermana Verónica, que momentos antes de morir comenzó a decir “la luz… la luz.. la luz…” Mi hermana prendía y apagaba las lámparas, pero mi papá seguía diciendo: la luz… la luz. Mis hermanos lo interpretan como su entrada en el paraíso: él está allá y nosotros nos quedamos aquí para recordarlo, y mientras lo recordemos, seguirá con nosotros.


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El fenómeno Donald Trump: preparémonos para lo peor

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La vida da muchas vueltas, el mundo más y las civilizaciones, ni se diga. La visión optimista esperaría que estas vueltas de la civilización se dieran en una espiral ascendente y progresiva. La realidad contradice esta hipótesis cuando con frecuencia estas vueltas no son sino un regreso hacia posiciones retrógradas y degradantes o contundentes avisos de la decadencia. Por eso debemos prepararnos ante el eventual triunfo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Las situaciones políticas nunca están tan mal que puedan ponerse peor. El ascenso del nazismo y la envestida contra la comunidad judía apenas pudo anticiparse, no obstante que el antisemitismo había tenido carta de naturalidad en Europa desde tiempos lejanos, recuérdese si no la expulsión de los judíos de Castilla, que coincidió también con la expulsión de los árabes. ¿Podremos nosotros anticipar y contener el muro de la ignominia eventualmente construido con trabajo esclavo de migrantes mexicanos; podremos evitar los campos de concentración de “mexicanos estadounidenses” o de musulmanes con nacionalidad americana en la muy posible era de Trump? Pocos lo recuerdan, pero los japoneses y sus descendientes fueron confinados entre 1942-48, principalmente en California, en campos de concentración donde se alojaron a unas 120 000 personas, más de la mitad de las cuales eran ciudadanos estadounidenses o japoneses provenientes de Latinoamérica deportados bajo presión del gobierno estadounidense. ¿Será posible que la historia se repita? ¿O aún más, cómo evitar que la historia se repita, pero ahora con mexicanos o descendientes de mexicanos? El discurso demagógico y racista de Trump está manipulando lo sentimientos de una parte de la sociedad norteamericana que tiene sus raíces en los supremacistas blancos que lucharon en la guerra civil para mantener el régimen esclavista y fueron derrotados. Está fundamentada en los blancos de escasa educación cuyos trabajos han sido desplazados por el ánimo neoliberal de aprovechar los bajos salarios de países como México o China y que se han convertido además en los blancos predilectos de la cacería de Trump. Se alimenta de neonazis, miembros del ku kux klan, minute men vigilantes de la frontera, que por desgracia nos recuerdan a las masas empobrecidas de la República de Weimar que se verían seducidas por Adolf Hitler y la propaganda racista y edificación sangrienta del Tercer Reich que haría grande a Alemania. El slogan de campaña de Donald Trump Make America Great Again (hagamos grande América de nuevo) se escucha como una reminiscencia de la grandeza hitleriana. Una de las diferencias estriba –y de forma alarmante– en el hecho de que Hitler no tenía armas atómicas y Estados Unidos sí. Cuando le preguntaron a Donald Trump sobre el tema simplemente dijo: si tenemos bombas atómicas ¿por qué no usarlas? ¿Qué podemos hacer frente a esta amenaza? En realidad muy poco. Y el gobierno de nuestro país hasta ahora tampoco ha hecho demasiado para contenerla. Es cierto que la política real indica que a estas alturas, pronunciarse en contra de la demagogia de Trump resultaría contraproducente, sobre todo si gana las elecciones, vaticinio que han declarado liberales tan conspicuos como Michel Moore. Como ave de mal agüero, el gordo cineasta de la eterna cachucha de béisbol, ha esgrimido cinco razones por las que Trump ganará la presidencia. La primera razón que expone Moore es lo que él llama la ecuación del medio oeste, o el efecto Brexit del cinturón industrial, donde miles de trabajadores blancos desplazados por la mecanización o desempleados por la crisis económica y los efectos perversos del neoliberalismo, han escuchado el canto de las sirenas de Trump quien declaró que si Ford u otras empresas como Apple deciden instalar plantas en México o en China, les impondrá a sus importaciones (exentas en virtud de los tratados de libre comercio) aranceles superiores al 35%. La segunda razón la denomina: la última resistencia del hombre blanco encabronado. Predice también el fin de 240 años de dominación masculina o falocracia, con la emergencia de una mujer emancipada, que ocupa cada vez más y mejores posiciones laborales y sociales, pero simultáneamente desplaza al hombre blanco de su sitial de privilegio. La tercera razón la llama simplemente el “efecto Hillary”, y aduce que aunque la candidata del Partido Demócrata le cae bien, y la considera apta para el cargo, desde que votó por participar en la guerra de Irak, perdió sus encantos. Además sus negativos entre el electorado son muy altos, porque la consideran poco fiable y deshonesta. La cuarta razón es el voto deprimido de Sanders, cuyos seguidores en su mayoría no votarían por Trump, pero si ejercerían un voto de castigo, absteniéndose o votando por “Micky Mouse”, pues detestan a Clinton. La quinta razón la denomina el efecto Jesse Ventura, el anarquista que muchos norteamericanos llevan dentro, y que votarán por Trump, no porque les guste, no porque le crean, ni siquiera porque compartan sus ideas, sino simplemente porque les da la gana. Porque piensan que Trump pondrá las cosas de cabeza, en un tremendo reality show, y eso los divierte. Con todas esas amenazas, los mexicanos y nuestro gobierno deberíamos estarnos preparando para lo peor. Y francamente, no tengo la menor idea (y lo más terrible, nuestro gobierno tampoco) de qué debemos hacer. Tal vez sólo anhelar “que Dios nos agarre confesados”.

 

 


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El gorila Bantú y la metáfora de la ineptitud

GORILASLa trágica muerte del gorila Bantú, se nos presenta como una metáfora triple de la estupidez y crueldad humana y de la ligereza de la gente que nos gobierna, por no decir su ineptitud. Sólo un día antes de su fallecimiento (muy probablemente originada por la negligencia de sus custodios) en prensa, radio y televisión se anunció con bombo y platillo su traslado al zoológico de Guadalajara, donde los estarían esperando dos bellas gorilas para lograr –según sus propios propagandistas- la reproducción en cautiverio que se presume como una hazaña del zoológico de Chapultepec, cuando no es más que un reflejo de nuestra estulticia y crueldad con los animales. Primero los exterminamos en su hábitat natural. Luego los esclavizamos para exhibirlos. Llegado al punto cercano a su extinción, nos asalta la culpa de los descerebrados, y nos afanamos en su reproducción en cautiverio. Los zoológicos (aunque a los niños les encanten por su genuino amor a los animales) no son más que una extensión de nuestra arrogancia como especie, que se arropa con el pomposo título de “reyes de la creación”, cuando no somos sino sus proxenetas, depredadores y verdugos. La actitud arrogante, ligera y negligente de las autoridades del zoológico, es además una conducta que asumen con frecuencia muchas de los que supuestamente nos gobiernan. Los ejemplos sobran. Miguel Ángel Mancera, mientras se apunta en la carrera presidencial, nos receta el sinsentido de su medidas contra la contaminación con una premisa al menos cuestionable: poner restricciones y multas a muchos que contaminan poco; pero prohijar un modelo industrial donde pocos contaminan mucho, y a los que por cierto, casi nunca se les sanciona. En el tema de la violencia contra las mujeres, considera más adecuado darles un pito (aunque suene a albur, eso si faltaba más, pintado color de rosa) que propiciar políticas públicas y la creación de auténtica ciudadanía que combata nuestro machismo ancestral y falocracia. El bajo índice de aprobación en las encuestas del jefe de gobierno, es un pálido reflejo de la cantidad de barbaridades que se cometen todos los días en su nombre; pasando por un reglamento de tránsito orientado a la privatización de las multas; transitando por la violación permanente del uso de suelo, provocado por la ambición descontrolada de desarrolladores inmobiliarios y constructores, amparados por un Instituto de Verificación Administrativa más ocupado en vendettas políticas que en hacer cumplir la ley.  Súmele usted la corrupción y opacidad en el manejo de los recursos obtenidos por los parquímetros; la indolencia de las autoridades para desarrollar un sistema de transporte público eficiente y económico, que deje de empaquetar a las personas como “sardinas en el metro”. Sólo por mencionar algunos de los aspectos donde la ciudadanía es agraviada cotidianamente mientras nuestras autoridades “democráticas”, actúan con negligencia, corrupción y ligereza. Y en el gobierno federal tampoco cantan mal las rancheras. El presidente Enrique Peña Nieto, ahora afanado en regresar a los tiempos del tapado y el dedazo, goza de un bajísimo índice de aprobación ciudadana, que contrasta con el triunfalismo con que aparece en giras internacionales y nacionales interminables, que nos hace preguntar cada vez que se le ve sonriente en la televisión tomándose una selfie con quién le pida: ¿a qué hora nos gobierna? O peor aún, si el presidente todos los días está de gira y de paseo ¿quién nos gobierna, la mano negra?  Con todo el tiempo dedicado a acumular millas de vuelo y la cantidad de listones rojos que corta por doquier: ¿cuántas horas le dedica realmente a gobernar, a diseñar políticas públicas consecuentes; a atender los urgentes problemas nacionales; a apagar los incendios sociales que sus secretarios han propiciado por todo el país: Ayotzinapa, la “casa blanca”, Tlatlaya, la “reforma educativa”, la corrupción rampante de sus cuates gobernadores, bien gracias. Eso sí, que no le hagan una manifestación pública los empresarios para exigirle que vete la ley, porque ni tardo ni perezoso hará las correcciones pertinentes, para que no quede duda de que la corrupción en México es un problema cultural: y que la universidad donde se aprende es ni más ni menos que el servicio público. Y luego nos preguntamos porque que fallecen los pobres gorilas como Bantú, cuando parece que en realidad estamos gobernados por animales.


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