La cuestión catalana: ¿monarquía o república, súbditos o ciudadanos libres?

Dicen que la democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por todos los demás. Los griegos, que inventaron el concepto, tenían una visión peculiar de la democracia: aunque etimológicamente significaría el poder del pueblo –pues demos=pueblo, kratos=poder– en la práctica se trataba de una democracia de elites bastante parecida a la contemporánea, pues en la toma de decisiones estaban excluidas las mujeres, los esclavos y los varones que no fueran capaces de empuñar las armas. De cualquier manera, como aspiración, la idea de tener una democracia auténtica, un auténtico poder del pueblo constituido por ciudadanos libres, forma parte de las aspiraciones humanas más elevadas, tan elevado como el utópico concepto de anarquía, donde cada quién se gobierna a sí mismo. De la democracia española se habló muy favorablemente después de que logró una transición tersa de la dictadura franquista a la monarquía constitucional: excepto claro por los afanes independentistas del pueblo vasco, que tuvo la nefasta consecuencia del terrorismo de ETA, y los reiterados intentos de Catalunya por independizarse para convertirse en república.

¿Pero realmente existe la “democracia moderna”, cómo reflejo de la voluntad popular, expresada por ciudadanos libres, y fundamentada en la dignidad humana? ¿No es eso lo que se cuestiona en el ámbito global? Algunos de los países que se ostentan como las democracias más avanzadas, como los Estados Unidos, permiten que su presidencia la ocupe un individuo supremacista blanco que en la práctica obtuvo 3 millones de votos menos que su oponente: le llaman plutocracia, el poder de los más ricos, ahora devenida en kakistocracia, el poder de los peores, según el diccionario de sociología  “estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen una gama de lo peor, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”, cualquier semejanza con Donald Trump no es mera coincidencia. Otras, como la democracia “más antigua”, la inglesa, funcionan primero como una monarquía, con un parlamento que relativamente representa los valores populares, aunque más bien habría que calificar de cupulares y aristocráticos. De la democracia mexicana, ni hablar, se encuentra atrapada entre los resabios del viejo régimen autoritario y corrupto, y las estructuras de la partidocracia, igual de corrupta pero menos eficaz y consistentemente alejada de las necesidades sociales, incapaz siquiera de hacer cumplir la constitución que en teoría debería guardar: kakistocracia, de cepa pura.

Aunque suena desatinada la fragmentación de España, que podría también tener eco en la fragmentación de la Unión Europea, hay una cuestión simbólica que podría estar gravitando en torno a esa extraña coalición de partidos de los espectros ideológicos extremos que buscan la independencia y la proclamación de la república catalana. No es igual ser súbdito del monarca, que ciudadano de pleno derecho. Porque simbólicamente no es lo mismo rendirle tributo al rey –ser súbdito– que ser ciudadano. ¿Es posible la dignidad humana individual, cuando se le debe rendir pleitesía a un rey, aun cuando su reinado esté normado constitucionalmente? ¿Lo que es legal es legítimo? Cataluña ha intentado convertirse en república en al menos cuatro ocasiones, España dos. Desde mi perspectiva, la dignidad individual plena sólo puede darse cuando el individuo es libre y soberano. Es cierto que las repúblicas, tampoco garantizan la libertad ciudadana, la democracia, el buen gobierno y el bien común: y hay montones de ejemplos de su degradación. ¿Pero no es acaso hacia dónde debemos dirigirnos, como comunidades y como individuos si queremos evolucionar y ser mejores? Dejar de ser siervos para ser humanos. Abandonar la servidumbre por la libertad social, que por cierto, nada tiene que ver con el neoliberalismo económico. ¿No sería conveniente que España misma, y tantas otras monarquías constitucionales pero hereditarias aún vigentes, o gobiernos autoritarios o totalitarios, se preguntasen si quieren seguir siendo un pueblo súbdito, o un pueblo soberano?


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