La caída de la utopía (Fidel): el ascenso de la distopía (Trump)

 

fidelDicen que Fidel Castro se murió porque aunque pudo sobrevivir a 11 presidentes de los Estados Unidos: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush I, Clinton, Bush II, Obama y a cientos de atentados orquestados por la CIA, no pudo aguantar a Donald Trump. Y aunque hace algunas décadas parece haber muerto el ideal revolucionario del “hombre nuevo” abanderado por Fidel (que ahora me pregunto, por qué nunca se enunció como el ideal de la “mujer nueva” o en el mejor de los casos como de “la nueva humanidad”), en el terreno de lo simbólico la muerte del mito, del prócer-dictador cubano, señala también la agonía de los modelos del mundo que heredamos del siglo XX. Y peor aún: el desfallecimiento de las utopías, contrastado con el ascenso de las distopías que pueden representar la fragmentación de la Unión Europea con la salida de Gran Bretaña; el avance del “Califato de ISIS”; el “nacional-capitalismo” -antimexicano, hitleriano, racista y misógino- de Donald Trump; o el Estado fallido mexicano al que nos acercamos. Desfallecimiento, (que no muerte súbita), porque mientras “haya vida hay esperanza” y es probable que pronto vuelvan a germinar nuevas utopías que lleven al mundo a mejores estadios, lo que no se logró, ni con el comunismo, ni con el capitalismo neoliberal engendrados en el siglo pasado. Me encuentro entre los que conceptualizaron a Fidel Castro de una manera pendular: del miedo irracional a la admiración y casi reverencia; de la casi reverencia al cuestionamiento crítico. En mi infancia, Fidel representó al más malvado de los tiranos. En la escuela católica donde estudiaba, el director del colegio era cubano: el maestro Delgado, anticomunista y anticastrista. Era también homosexual, aunque en aquellos años como miembro destacado de una orden religiosa, aún no salía del closet. En algunas de sus clases, el maestro Delgado nos platicaba de sus planes para derrocar a Fidel Castro. De posibles invasiones a la isla para liberarla del comunismo ateo y de otras fantasías contrarrevolucionarias que a los niños nos parecían muy amenas, aunque algo terroríficas, considerando las posibilidades de una guerra nuclear provocada por “el déspota de la Habana”. Años después, el maestro Delgado colgó los hábitos, salió del closet de la homosexualidad, y fue asesinado en Guadalajara. Para aquel entonces, mi vida había transitado al otro extremo del péndulo y yo me declaraba admirador de Fidel y de la Revolución Cubana, así con mayúsculas. Fueron los años en que cantábamos con entusiasmo canciones de Silvio y Pablo; gritábamos a voz en cuello “Fidel, que tiene Fidel, que todos los yanquis no pueden con él”; a los pobres exiliados los llamábamos gusanos y aspirábamos a que una revolución armada y socialista terminaría con la dictadura perfecta en México, con las dictaduras  militares en el continente americano y sobre todo con el imperialismo yanqui, al que Fidel parecía ser el único capaz de poner en jaque. Mi hice lector de Nicolás Guillén, Lezama Lima y Alejo Carpentier, sobre todo de este último. Devoré con entusiasmo las películas de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío (críticos de algunos efectos burocráticos de la revolución pero no por eso lejanos a Fidel). Admirábamos el avance en el deporte, la medicina y la educación del modelo socialista cubano. Todo era muy chévere. Sin embargo, mis recelos contra el régimen cubano, empezaron justamente cuando comencé a tener contacto con escritores de la isla, algunos disidentes, otros afectos al régimen. A Senel Paz, autor del cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, que después Tomás Gutiérrez Alea llevaría al cine con el título de “Fresa y Chocolate” (única película cubana nominada al Óscar), lo conocí en un encuentro latinoamericano de narradores. De una manera algo tímida –quizá temeroso de que hubiese espías del régimen entre la concurrencia– comentó las dificultades de vivir en “una sociedad marcada por las carencias y sujeta a una cartilla de racionamiento como fuente esencial de adquisición de alimentos” y sobre todo, la homofobia existente como política oficial. En 1989, firmé un desplegado en el que participaron decenas de escritores e intelectuales pidiendo la condonación de la pena de muerte del general Arnaldo Ochoa, quien era juzgado por un tribunal militar por narcotráfico y “traición a la patria”. Mi argumento de aquel entonces, como ahora, era afirmar que la vida humana es “sagrada”, y que la pena de muerte no es otra cosa más que una brutalidad, venga de donde venga. Por supuesto que nuestra petición fue desoída y el general Ochoa fue fusilado. La leyenda y el prestigio moral de Fidel Castro se desmoronaban también. El culto a la personalidad, y la aplicación de medidas dictatoriales, de cualquier signo, me comenzaron a parecer repulsivas. El distanciamiento total se dio cuando Fidel decidió heredarle el poder a su hermano. Para entonces, la utopía del “hombre nuevo”, se había revelado una vez más como una de las sinrazones de la humanidad. Después, me hice seguidor de los disidentes blogeros cubanos, como la admirable Yoani Sánchez de Generación Y, su marido Reinaldo Escobar, y tantos otros cubanos que han sabido emplear el internet como un arma de análisis y crítica de una sociedad que quiso ser la encarnación de la utopía, y por desgracia, terminó por ser, no la dictadura del proletariado enunciada por Max que nos llevaría a una sociedad sin clases… sino simplemente la dictadura del comandante Fidel Castro y sus herederos. ¿Qué pasará con Cuba ahora muerto el comandante? Es difícil anticiparlo. Por desgracia, la jugada siguiente se planea en el tablero de la distopía de Donald Trump.


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