Elegía de Guillermo Samperio: promotor de la lectura (segunda parte)

gsamperio_segunda_parteEste año ha sido complicado: la enfermedad de Laura, la muerte de mi padre y ahora la partida de Samperio. Me conmovió con un escalofrío verlo en su féretro, con la barba blanca, el rostro envejecido y endurecido por la muerte, aunque con una ligera sonrisa sardónica en la comisura de sus labios ya marchitos, aquella sonrisa burlona que lo caracterizaba y lo hacía poseedor de un humor punzante y sorprendente. Me acordé de su minificción “bodas de fuego”, donde “un cerillo, ataviado de novio, sale hacia la iglesia. Al llegar, se entera, por boca de los cerillos parientes que la novia escapó en compañía de un cerillo vestido de amante. El novio frota la cabeza contra la desgracia y aparece un pequeño bonzo ardiendo bajo el cigarro”. Así parece haberse inflamado Guillermo en su hora final. Llevaba aquel curioso sombrero que le gustaba tanto y que había adornado con la fotografía de una bella mujer: una de sus obsesiones literarias, pero también físicas. Sabía ser encantador con las mujeres y trataba de entenderlas. Más allá, le gustaba penetrarlas –no sólo en el cuerpo- sino particularmente en sus motivaciones internas; en aquello que las hacía seductoras, misteriosas, encantadoras. Muchas de sus ficciones, tejidas con una sutil prosa poética tienen como protagonista mujeres, como aquella “complicada mujer de tarde… entre los secretos de usted se encuentra su inclinación por mirar a las mujeres, por escucharlas, por percibirlas en sus diversas manifestaciones , sin que forzosamente tenga que sobrevivir la hechura del amor. De ellas, usted puede retener una manera de bailar solamente, una mirada intensa que usted captó en el interior del descuido, o la forma de tomar un vaso en esos instantes de profunda intimidad de las mujeres”.

Fue promotor de una red de talleres literarios por todo el país. Entre los muchísimos que coordinó por ser una de sus pasiones, dirigía uno que él mismo denominó: “Solo para mujeres”. Yo tenía años de querer participar en alguno de sus talleres, pero durante meses, aquel era el único disponible. Finalmente, con la generosidad que lo definía, y ante mi necedad e insistencia, aceptó mi ingreso en el taller y así me convertí en “el único”. En aquellas sesiones, empleaba un método muy peculiar de lectura y relectura: era implacable con los lugares comunes y l@s talleristas sentían lo duro de su crítica en la mirada… pero cuando había un hallazgo literario, lo aplaudía con vehemencia. Durante más de una década tuvimos una amistad estrecha. Guillermo nunca dejaba de sorprenderme –él, que terminó su vida siendo tan fachoso y desenfadado en su arreglo personal, con su cuerpo tatuado por todas partes– fue quien me convenció de usar corbata: me invitó a comer y con el hablar pausado que lo caracterizaba me dijo algo así: si quieres ser funcionario cultural tienes que parecer respetable. Así que “aventé la toalla” y me anudé el moño al cuello. Durante muchos años formamos parte de un equipo: como editores, promotores de la lectura, coordinadores de talleres literarios, organizadores de encuentros internacionales de escritores, actividades en las que Guillermo era un líder: sello distintivo de la tercera etapa de su vida literaria y profesional. Me lo presentó nuestro amigo común, el entrañable colombiano Carlos Barriga, quien me confesó que se sentía desconsolado con su muerte: “estoy vuelto mierda. Me dio muy duro esto del Guillermo. Qué desolación. Yo sigo aquí en Bogotá haciendo el duelo. Guillermo fue un hombre que quise profundamente. Como te comenté, fue un personaje extraordinario a quien debo mucho. Demasiada sensibilidad para una realidad tan dura, deduzco de tu artículo. Hablé con Eduardo García Aguilar, nuestro amigo en común, y otros tanto pasa en Paris, recordando a Guillermo”. También hacen duelo en Barcelona, en la Habana, en Venezuela, en Argentina y en otras muchas latitudes donde cultivó tantos amigos escritores, porque esa fue otra característica de Samperio: su solidaridad gremial, sobre todo en su etapa de funcionario, donde entendía a cabalidad que los escritores debían encontrar lectores y la promoción a la lectura era tanto una democratización lúdica del conocimiento, como una actividad de supervivencia personal. (Continuará).


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