Elegía de Guillermo Samperio: escritor fantástico social (primera parte)

guillermo_lGuillermo Samperio, Willy, Memo, para sus amigos, era eso, un gran amigo, insuperable maestro, mentor entrañable, escritor extraordinario, promotor de la lectura, observador agudo de la realidad imaginaria, y de la imaginación social. Creador de utopías y distipías literarias, Guillermo, uno de los cuentistas más brillantes del siglo XX mexicano, a la altura de Juan José Arreola o Julio Torri. Distanciado de Octavio Paz por un mal entendido, que poseía algunos elementos de complot y del que también fui protagonista. Por este distanciamiento involuntario al que me referiré en la tercera parte, culminó su carrera de funcionario cultural. Además, su aura de escritor sobresaliente hasta cierto punto resultó opacada, ninguneada, maltratada, no tanto por sus lectores, discípulos y amigos, que fuimos muchos, sino por la áspera realidad cultural y política de nuestro país. “Yo, Guillermo Samperio, no fui testigo de mi propio nacimiento, no tengo certeza de ser mexicano y por ello me declaro casiopeico”. Su mirada literaria abarcaba todos los ámbitos: “mis libros quieren acercarse al lector, el hecho de que un simple objeto aparentemente sin importancia como un zapato, un tornillo, un animal, tan insignificante como una lombriz, puede provocarle formas de mirar su propio mundo.” Porque el universo en su totalidad, o más específicamente, el universo en su fragmentación y su misterio, son los protagonistas de su amplia obra literaria. “Porque he podido encontrar otros caminos de la expresión literaria que no rematen necesariamente en un género específico, sino en combinación de varios: el ensayo, el poema en prosa, el poema, y que, digámoslo así, han enriquecido mi experiencia literaria”. Una experiencia donde el humor, el retrato a veces de caricatura pero certero de la realidad social, de la condición humana y de la reflexión interior siempre están presentes. Le gustaba poner epígrafes en sus textos y dedicárselos a sus amigos. A Rubén Bonifaz Nuño, poeta extraordinario de una cultura inabarcable y fino humor, le dedicó algunos: “las coladeras son bocas con sonrisas chimuelas. Las coladeras han perdido los dientes de tanto que las pisamos. Sin coladeras, la vida sería demasiado hermética. Las coladeras están a nuestros pies”. Como la ciudad que recorría Guillermo, desde la colonia Clavería de su infancia hasta el Centro Histórico de sus años de funcionario cultural, protagonistas recurrentes de sus relatos, de sus laberintos narrativos, de sus obsesiones lingüísticas. La ciudad y sus personajes, que viven en la penumbra, andan como equilibristas sobre tacones altos, o deambulan en el “miedo ambiente”. El mismo era un personaje picaresco y muy humano, en quien claramente se pueden distinguir diversas etapas, simultáneamente personales y literarias. El Samperio niño, hijo primogénito de William Samperio, requinto y segunda voz del Trío Tamaulipeco, a quien admiraba y de donde seguramente heredó su gusto por la bohemia. El Samperio social, activista del 68, que fue encarcelado por diez días en “La Vaquita”, donde compartió celda con un abonero y un albañil. “Este hecho, más toda mi participación y, especialmente la experiencia que tuve el dos de octubre, me llevaron a la palabra”. Palabra que comenzó a pulir en los talleres literarios del IPN y después como becario del INBA, teniendo por tutor a Tito Monterroso, el que despertaba dinosaurios. Ávido lector, su estilo se nutre rápidamente de la literatura norteamericana, europea, latinoamericana y mexicana, sobre todo de estas últimas. Y empieza esa etapa de producción incansable: con un recurso curioso, cada nuevo libro, retoma textos del anterior algunas veces mejorados, en una especie de construcción en espiral en abismo donde se decanta su visión del mundo. Comienza entonces su etapa de funcionario público, primero como editor en la Secretaría de Educación Pública, en la que fue ascendiendo hasta ocupar posiciones directivas, llegando a ser Director de Literatura del INBA. Para entonces ya es un escritor consolidado, con un estilo propio donde considera que “la literatura madura, completa, es la que tiende hacia las dos zonas de la existencia, la realista y la imaginaria. Yo siempre he buscado que estén ambas caras de la vida, de las cosas, del hecho literario.” Esta visión del mundo, también es reflejo de una vocación de utopía, de la conceptualización de una sociedad diferente y fantástica, donde las necesidades colectivas se armonicen con las inquietudes individuales, rechazando simultáneamente el colectivismo depredador y el individualismo a ultranza. (Continua).


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