Cataluña independiente: España fragmentada

Es difícil imaginarse una España sin Cataluña. Sus destinos están ligados por la historia y por la coincidencia geográfica de pertenecer a la península Ibérica, aunque Portugal también está ahí y es independiente por voluntad soberana.  Porque el estado español, en teoría, es sólo un convenio político que arropa a sus habitantes a partir de las decisiones que han tomado esos propios habitantes. La famosa soberanía del pueblo que no es otra más que la voluntad de la gente por pertenecer a una u otra formación política. Los estados nacionales además no son eternos. Baste recordar lo que sucedió en México, que en el siglo XIX tuvo que ceder parte de su territorio a los Estados Unidos, en el caso de Texas por una declaración unilateral de independencia, y de California, Arizona y Nuevo México, como resultado de una guerra de intervención que nos despojó de este territorio. El siglo XX está colmado de estados nacionales que aparecieron y desaparecieron, ya por la voluntad de la gente, ya por efectos de la guerra o la intervención extranjera. La creación del estado de Israel, la disolución de la Unión Soviética, son sólo ejemplos de esta permanente mudanza política de las nacionalidades. Por esto tampoco resulta irrelevante que Cataluña quiera conocer la voluntad de sus habitantes sobre la pertenencia o no a la monarquía española. Los escoceses hace poco hicieron una consulta similar y por un margen estrecho ganó el si permanecer en el Reino Unido.

Sin embargo, el gobierno español calificó de ilegal el referéndum por la independencia de Cataluña, y recurrió a la violencia, sin tomar en cuenta que la monarquía española y su “democracia” también tiene por origen una ilegalidad que derivó en una guerra civil, aún más brutal y sangrienta que la represión del domingo 1 de octubre en que la guardia civil “heredera del franquismo” intentó boicotear las votaciones. Recordemos que la monarquía española fue consecuencia del golpe de estado que el general Francisco Franco ejecutó contra la segunda república, y aunque la constitución española de 1978 ratificó la decisión del dictador de retornar a la monarquía, los catalanes que buscan la independencia, afirman que el actual régimen político español no es sino la continuación de la dictadura franquista, disfrazada de democracia, y exigen la instauración de la república en su suelo. Catalunya, aporta más del 20 por ciento del producto interno bruto a la monarquía española, pero desde su perspectiva no recibe aportaciones del estado español en una proporción correspondiente y sus decisiones autónomas, son sancionadas como ilegales por el gobierno de Mariano Rajoy, cuando justamente lo que se cuestiona es la legalidad de este gobierno, o más aún, su legitimidad. En todo caso, el referéndum convocado para conocer la voluntad popular, el si o el no, de su permanencia en España versus la declaración de un estado catalán independiente, de no haber sido reprimido, representaba sólo un volado, una moneda lanzada al aire con el 50% de probabilidades de caer de uno u otro lado. El rey Felipe y Mariano Rajoy se equivocan al declarar este hecho como una deslealtad, ilegalidad o pantomima. ¿No fue acaso la deslealtad a la república del general Franco la que originó el retorno a la monarquía, de la que hoy el rey es beneficiario? ¿No hubiera sido políticamente más redituable y más democrático permitir que se llevara de forma pacífica esta consulta supuestamente ilegal y esperar los resultados? Muchos catalanes no quieren la independencia, pero algunos de los indecisos, al parecer habían tomado la decisión de apoyarla o apoyar el referéndum, porque lo que no les cuadra en la cabeza es la necedad de impedir que otros opinen y dispongan sobre sus preferencias. La Generalitat ha expresado su intención de declarar la independencia de forma unilateral y son impredecibles las consecuencias que esto tendrá para todo Europa, porque además, los catalanes quieren dejar de ser españoles, pero también quieren ser arropados por la Unión Europea, cuyas declaraciones son ambiguas, porque apoyan al gobierno español, pero reprueban la violencia por éste desatada. ¿Cuál será el resultado de esta revuelta popular? Como miembro de una generación que se formó intelectual y sentimentalmente cerca de los hijos del exilio español, por cierto, algunos de origen catalán, tengo una opinión dividida: la independencia me parece un legítimo retorno a la república, pero la fragmentación de España parece igualmente dolorosa. Lo cierto es que el orden mundial de este mundo global en crisis, los “des-órdenes” nacionales, están siendo cuestionados por todas partes y el futuro de las nacionalidades y estados, incluyendo al nuestro, es incierto.

 


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