Calacas de vivos y muertos

En México nos referimos a ella con nombres chuscos y divertidos: la Pelona, la Huesuda, la Flaca, la Tilitiflaca, la Dientona, la Guadaña, la Sonriente, la Descarnada, la Descansadora, la Descerebrada, la Catrina, la Calaca, la Tiznada, la Tanata, la Finada, la Irremediable, la Difunta, la Amortajada, la Panteonera, la Parca… la Muerte: la que ni pregunta ni responde. La de los dientes pelados. La de los ojos hundidos. La de los dedos fríos. La de los huesos sin carne. Nos burlamos de ella, nos reímos con ella y no obstante la respetamos. Aunque ella no nos respete tanto, y tarde o temprano nos lleve al baile y nos jale las patas. A morir venimos. Somos carne de panteón. Es la expresión más equitativa de la democracia, el triunfo de la estadística igualitaria del 100 por ciento y el largo plazo, donde todos estaremos muertos. Todos nos vamos con las patas por delante: todos colgaremos los tenis, los huaraches o los bostonianos. Todos chuparemos faros. A todos y cada uno nos cargará la Tiznada. Todos venimos del polvo y al polvo iremos. En el mundo habrá pocos refinados, pero todos finados. Por supuesto que al único que ni le va ni le viene la muerte es al muerto. El muerto es indiferente ante su propia muerte, como nunca la fue ante la muerte de los demás. Al muerto, la muerte le da lo mismo, pues es esta última su infinita condición. En los velorios, él único que ni se entera del chismorreo, del cotilleo, de la diatriba o de la alabanza, es el difunto. O será que el muerto nos sigue escuchando, ¿pero por cuánto tiempo? El muerto se va, no sabemos exactamente a dónde, y los vivos nos quedamos a celebrarlo o a denostarlo. El muerto al pozo y el vivo al gozo. La muerte es simultáneamente una promesa, un destino y una calamidad. La muerte nos persigue, nos acosa, nos angustia, nos seduce, nos encanta. Algunos le rinden culto y la llaman la Santa Muerte. Otros la consideran el inicio de una vida eterna. También se le denomina el sueño eterno: y el soñar y el morir, se parecen, porque en el sueño y en la muerte dejamos de ser nosotros para ser otros: oníricos, sonámbulos, fantasmas. Al orgasmo, los franceses le llaman “la petite mort”, la “muerte chiquita”, por lo que anticipamos que nuestro tránsito al otro mundo deberá ser también la sublimación del erotismo: el gran orgasmo final. Los estertores de la muerte y los estertores del orgasmo se asemejan como un grito de exaltación a la vida, aunque sea un grito final. Eros y Thánatos son almas gemelas. Amar y morir son ramas del mismo árbol de la vida. Pero la muerte dura más que la vida: y cuando morimos, el universo, nuestro universo, se acaba, se destruye, aunque se vuelva eterno. Cuando dejemos de existir, también dejará de existir el mundo, nuestro mundo. Porque la vida, la existencia, es percepción y la muerte ausencia. Por eso los altares a los muertos nos traen a nuestros seres queridos de regreso del otro mundo. Aunque el muerto siga allá (en el más allá) por un par de días estará en el más aquí con nosotros. El recuerdo los regresa. La memoria los materializa. Qué son las obras de los inmortales, sino la oportunidad de dialogar con los muertos. Cuando leemos El Quijote, Cervantes regresa del otro mundo para platicar con nosotros. Y así se materializan también Shakespeare con sus dramas y Jorge Manrique con las coplas por la muerte de su padre, Xavier Villaurrutia con su “Nostalgia de la muerte” y José Gorostiza  con “Muerte sin fin”: “la muerte niña, sonriente, que desflora un más allá de pájaros en desbandada”. Así dialogamos también con nuestros muertos: con nuestros padres, amigos, parientes, hermanos… todos aquellos que se nos adelantaron y cuya presencia se materializa en su recuerdo. En el altar de muertos y en el panteón, se ubican las ofrendas de la vida: las flores, el pan, el alcohol, los cigarros, las viandas que los muertos disfrutaron o adoraron. Y ahí radica una de las diferencias esenciales en la celebración del Día de Muertos y de los Muertos Chiquitos, con la fiesta de Halloween. Emparentadas por la cercanía en las fechas y por su posible origen medieval ligado al día de Todos los Santos, la diferencia contemporánea que más resalta es que el Halloween, más orientado a la mercadotecnia del disfraz y el chocolate, conmemora a los espectros y a las brujas; a los demonios y a los monstruos; a las calabazas malditas y a los zombis. En cambio, el Día de Muertos -aún con sus desviaciones consumistas como el pan de muerto en los súpers desde agosto- es una celebración de vivos: más aún, una celebración de vivos que algún día estaremos muertos y de muertos que algún día estuvieron vivos, y que de una manera u otra, reviven con nuestro recuerdo. Por eso, el único disfraz posible en Día de Muertos, es la máscara de la muerte, que a diferencia de las máscaras comunes que ocultan la verdadera esencia, es una máscara que desnuda, que nos muestra lo que somos en realidad: muertos en vida, vivos entre muchos muertos.


This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *